Assilah, Tanger, Marruecos.
Aquel septiembtre te encontré,
tan caída como los petalos
de las flores
que siempre nos quedaron por trepar,
con la falda levantada
los zapatos de barro
y esas lágrimas aterrizando en tu mejilla.
No pude evitar las ganas de darte un abrazo,
uno de esos que dices que duelen.
De llavarte a mi casa,
sacar unas cervezas
ponerte una corona
y considerarte una pieza fundamental para el resto de mis días.
Empezaste con tu jugueteo de niña incansable
y esa sonrisa
que siempre juré que si no era de poetas,
era de putas.
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