martes, 1 de marzo de 2016

01.03.16

Assilah, Tanger, Marruecos.


Aquel septiembtre te encontré,
tan caída como los petalos
de las flores
que siempre nos quedaron por trepar,
con la falda levantada
los zapatos de barro 
y esas lágrimas aterrizando en tu  mejilla.
No pude evitar las ganas de darte un abrazo,
uno de esos que dices que duelen.
De llavarte a mi casa,
sacar unas cervezas
ponerte una corona
y considerarte una pieza fundamental para el resto de mis días.
Empezaste con tu jugueteo de niña incansable
y esa sonrisa
que siempre juré que si no era de poetas,
era de putas.